Los cazadores de ardillas, conocidos localmente como *sloth hunters*, son una práctica que se remonta a siglos en regiones tropicales de América Central y Sudamérica. Aunque su nombre suena a una actividad exótica o incluso peligrosa, su historia está profundamente ligada a la economía rural, la medicina tradicional y, en algunos casos, a la explotación no sostenible de especies. En el caso de Costa Rica, por ejemplo, donde la biodiversidad es excepcional, este oficio ha generado debates sobre su impacto ambiental y su futuro. Según datos del Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio), hasta el 20% de las poblaciones de ardillas de dos dedos (*Bradypus variegatus*) en zonas montañosas han sido afectadas por la caza indiscriminada, aunque no necesariamente por los cazadores profesionales, sino por la presión de la demanda en mercados internacionales.
La técnica tradicional de caza suele involucrar trampas artesanales, como redes o jaulas, diseñadas para atrapar a los animales sin causarles daño grave. Sin embargo, el uso de métodos más agresivos, como el empleo de redes de alta resistencia o explosivos, ha sido prohibido en varios países por violar estándares éticos y legales. En el caso de Panamá, la ley 74 de 2016 estipula penas de hasta cinco años de prisión para quienes participen en actividades de caza de mamíferos silvestres sin autorización. Esto refleja un cambio en la percepción social hacia estas prácticas, donde ahora el énfasis está en la conservación y el respeto por la vida silvestre.
El comercio y su conexión con la economía informal
El mercado negro de ardillas es un fenómeno complejo que trasciende fronteras. Según informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), estas especies son comercializadas como mascotas exóticas, en productos cosméticos o incluso como ingredientes en supuestos remedios naturales. En Colombia, por ejemplo, se estima que anualmente se exportan entre 500 y 800 individuos a Europa y Asia, donde su valor oscila entre 150 y 300 euros por unidad. Este comercio, aunque no siempre documentado, ha llevado a la creación de redes de contrabando que operan desde comunidades rurales hasta puertos como Cartagena. El caso más documentado en los últimos años fue el de un cargamento de 120 ardillas capturadas en la Amazonía Venezolana, que fue interceptado en 2021 por la Guardia Nacional, donde se probó que habían sido vendidas a un coleccionista de Suiza.
La falta de regulación clara en muchas regiones ha permitido que esta actividad siga vigente, aunque con menos intensidad. En Ecuador, donde la biodiversidad es similar, el gobierno ha implementado campañas de concientización junto a la policía ambiental, pero el desafío radica en disuadir a los cazadores locales que dependen económicamente de estas prácticas. Un ejemplo reciente fue la clausura de un mercado informal en Quito donde se vendían ardillas vivas, tras denuncias de la Defensoría del Pueblo. Allí, se encontró que el 60% de los vendedores no contaba con permisos y muchos de los animales presentaban lesiones por maltrato durante el transporte.
- Entre 2018 y 2022, se registraron más de 200 denuncias por caza ilegal de ardillas en la Amazonía peruana, según el Ministerio del Ambiente.
- El costo promedio de una ardilla de dos dedos en el mercado negro ronda los 200 dólares, dependiendo de su tamaño y condición.
- Solo en Costa Rica, se han documentado al menos 15 especies de ardillas silvestres, pero menos del 10% de ellas están protegidas por ley.
- La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica a la ardilla de dos dedos como «vulnerable» en algunas regiones.
- En Brasil, la caza de ardillas ha sido prohibida desde 2010, pero persisten casos de tráfico hacia el estado de São Paulo.
La lucha por la coexistencia: entre cultura y ecología
Si bien la caza de ardillas sigue siendo un tema sensible, algunos proyectos comunitarios han logrado reducir su impacto. Por ejemplo, en el cantón de El Realejo, en la provincia de Limón, Costa Rica, un grupo de ecologistas y cazadores locales implementó un sistema de monitoreo con cámaras trampa que permitió identificar zonas de alta actividad de ardillas sin necesidad de cazarlas. Este enfoque, respaldado por el web oficial de la Universidad Nacional, ha demostrado que es posible convivir con estas especies sin dañarlas. Otro caso exitoso es el de la Reserva Biológica de La Amistad, donde se han instalado refugios artificiales para atraer ardillas hacia áreas protegidas, reduciendo así la presión sobre poblaciones silvestres.
Sin embargo, el desafío sigue siendo grande. La falta de educación ambiental en muchas comunidades y la presión económica por parte de grupos organizados que promueven el comercio ilegal dificultan la adopción de alternativas sostenibles. Mientras tanto, organizaciones como Greenpeace y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) continúan presionando a los gobiernos para que implemeneten leyes más estrictas y financien programas de conservación. El caso de la ardilla de tres dedos (*Bradypus tridactylus*), cuya población ha caído un 40% en la última década en la selva chocoana, subraya la urgencia de actuar antes de que sea demasiado tarde.
El futuro de los cazadores de ardillas: ¿entre la tradición y la extinción?
El futuro de esta práctica dependerá en gran medida de cómo se gestionen los conflictos entre la cultura local y la conservación. Mientras algunos sectores defienden que la caza tradicional debe desaparecer por completo, otros argumentan que puede adaptarse a estándares éticos y ecológicos. Por ejemplo, en Nicaragua, donde la ardilla de tres dedos es un símbolo nacional, se han creado talleres donde los cazadores aprenden a criar estas especies en cautiverio para luego liberarlas en áreas restauradas. Este modelo, aunque aún experimental, ofrece una esperanza de que la tradición no tenga que ir en contra de la supervivencia de la especie.














